La Rana que quería ser una rana auténtica
Por: Augusto Monterroso
Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.
Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.
Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.







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LA PRINCESITA Y EL SAPO - Cuento Popular
La princesita salia de su castillo cada mañana a recoger florecitas de los verdes campos de los alrededores del lugar.
Llevaba su vestidito blanco con encajes y rosas bordadas, cubriéndole su blanco y adolescente cuerpo primaveral.
Un día anduvo un poco mas de la cuenta y se llegó hasta el paraje del riachuelo y la charca del bosque. Se acercó hasta el agua y observo un sapo que la miraba. Su sorpresa fue grande cuando vió que además de mirarla el batracio le empezó a hablar :
-Buenos días mujercita.
Le dijo el sapo con voz grave y muy profunda.
-¿Quién eres? ¿Cómo puedes hablar? Le contestó ella llena de asombro.
-Soy el principe del castillo vecino y hace muchos años el duende de la charca, enfadado por la sequía me convirtió en sapo, y estoy aqui esperando que alguien me ayude a romper ese encantamiento. Solo si una princesa me lleva con ella y cuando anochece me mete en su cama volveré a recuperar mi presencia y podré volver a mi vida anterior.
La princesa, que como todas las mujeres era muy curiosa, ni corta ni perezosa se metió al sapo en su costurero y se lo llevo a palacio y sin que se dieran cuenta ni tan solo los sirvientes lo escondió en su habitación.
A la hora de dormir se puso su camisón de seda y un poco nerviosa tomó al sapo en sus manos y lo colocó con ella en su cama entre las sabanas.
Y el sapo subitamente se convirtió en hombre y en principe.
Linus
(P.E. Todo eso fue lo que la princesita le contó la mañana siguiente a su padre cuando la encontró con un tío en la cama....)
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